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  Augusto Tamayo Moller

 Discurso realizado por su hijo Augusto Tamayo en su homenaje:

 

        AUGUSTO TAMAYO MOLLER EN EL CENTENARIO DE SU OBRA

 

Hace cincuenta años, en junio de 1962, algunos de los aquí presentes estuvimos frente a este mismo parque para acompañar el develamiento de la placa que conmemora la acción del ingeniero Augusto Tamayo Möller, pionero de las telecomunicaciones en el Perú. Estaban presentes sus tres hijos Manuel, Berta y Augusto Tamayo Vargas y algunos de sus muy jóvenes nietos.  En esa ocasión mi padre Augusto Tamayo Vargas pronunció unas palabras que él titulo Tributo. En ellas rindió homenaje al que- según su propia declaración- fue su padre y su amigo más entrañable. Al repasar su vida lo describió como de personalidad reconcentrada,  ajena a toda ambición de aplauso y de absoluto desapego por la fama. Dijo también que “Siendo jefe del servicio radiotelegráfico puso su cargo en juego en defensa de la institución nacional que dirigía. Ante la vacilación y el cubileteo político prefirió retirarse  y no contemplar de cerca el desmantelamiento  de su obra;  obra que fue rubricada con una lección de carácter en un medio donde las voluntades se rinden fácilmente.  Ya mayor, en el orgullo silencioso de su retiro, en la integridad de su carácter indomable, nunca tuvo desmayos. Retirado de la actividad en la administración pública por decisión propia “desechó cuantas proposiciones le hiciera la dictadura de esos largos años. Más tarde caída la dictadura  y establecido un nuevo gobierno por el voto popular, no aceptó el cargo de Ministro de Fomento que se le ofreciera, por considerarse ajeno a la función política que ello representaba. Envejecido prematuramente, arribó a la muerte a los sesenta años.”

 Terminaba sus palabras Augusto Tamayo Vargas agradeciendo a la Municipalidad de San Isidro encabezada entonces por el alcalde Tudela Barreda, diciendo que la mejor manera de honrar su memoria era “con este ejemplo al paso del transeúnte, este recordatorio sobre unas piedras andinas que tanto significaron en la antigua cultura peruana, con el que la Municipalidad de San Isidro ha querido perennizar su obra de pionero. Y ha conmovido (dijo Augusto Tamayo Vargas en ese entonces) tan hondamente las fibras de quienes somos sus hijos y sus nietos, los que orgullosamente llevamos su nombre como un trofeo.”

 

Hoy en  junio de 2012, cumplidos cincuenta años de la inauguración de este monumento y cien de la obra que perenniza, si no sus hijos, que ya no están con nosotros, pero si sus nietos y sus bisnietos con el orgullo renovado asistimos a esta gentil convocatoria que nos hace la Municipalidad de San Isidro nuevamente, esta vez bajo la conducción del Dr. Raul Cantella para volver a honrar la memoria del pionero de las telecomunicaciones en el Perú.

Nace Augusto Tamayo Moller en Arequipa el 20 de Febrero de 1875, hijo del también ingeniero Augusto Tamayo Chocano y de Guillermina Moller Sojo Vallejo. Fue su padre Augusto Tamayo Chocano alcalde de Arequipa, constructor de la arquería de su plaza, diseñador del sistema de agua que la suple, ingeniero constructor del Ferrocarril Arequipa Mollendo, e ingeniero asimilado al ejército durante los aciagos años de la Guerra con Chile, en las que tuvo el encargo de fortificar el puerto de Mollendo para que las tropas enemigas no pudieran desembarcar en él. Al terminar la guerra y realizando trabajos en una apartada mina de la provincia de Caylloma, llamada Cuchilladas, muere de una pulmonía fulminante en 1892.

 

Augusto Tamayo Moller  hizo estudios primarios y secundarios en las minas donde su padre era ingeniero Allí, entre los laboratorios de ensayes y los socavones de las minas que recorre acompañando a su padre, Augusto Enrique Tamayo Moller desde los 7 hasta los 15 años se educa y se familiariza con los conceptos y prácticas de la ingeniería de Minas y Caminos. El padre, de carácter apacible y sereno, le comunica no solo los rudimentos de la ingeniería sino que le inculca, con la palabra y el ejemplo, el amor por la ciencia y en particular por la astronomía, por la que guardará especial cariño hasta el final de sus días.  Recibidas las lecciones del padre en los asientos mineros viaja Augusto Enrique con su hermano Manuel Oswaldo a rendir sus exámenes los finales de año al Colegio Nacional de la Independencia Americana en Arequipa

 

El viaje a Arequipa también es aprovechado para que Augusto reciba las espaciadas clases de piano que ha venido recibiendo desde los cuatro años con el que después fuera destacado músico arequipeño Luis Dunker Lavalle. Con el tiempo irá perfeccionando su habilidad no solo en la ejecución del piano y la guitarra clásica sino en la composición. Queda por lo menos una partitura escrita por él hacia 1920 titulada “Interpelaciones” composición en la que, dentro de la formalidad clásica de un vals vienés, introduce sutilmente cierta sonoridad peruana, fusión musical muy en boga en esos años.

 

Rendidos los exámenes y en general satisfechos con los resultados de los mismos, los jóvenes Tamayo Moller emprenden el regreso a la Mina “Cuchilladas” donde está el padre a cargo de la extracción minera.

 

La mina es fuente de innumerables y enriquecedoras experiencias para estos dos jóvenes despiertos e inteligentes, pero también resulta propiciadora inevitable de sentimientos de soledad y de encierro. Por un lado es campo para el disfrute de aventuras y para el despliegue de la fantasía juvenil, pero por otro, es instaladora de una suerte de melancolía, de introversión en el espíritu. La madre, de fuerte carácter germánico, agregará una nota determinante en la forjación de sus caracteres al inculcarles un ajustado sentido de la disciplina y la responsabilidad, al mismo tiempo que la entereza y perseverancia necesarias  para enfrentar una vida tan áspera desde tan niños. Gozando solo a cuentagotas de las distracciones de una ciudad, especialmente de una tan amable y alegre como Arequipa, los jóvenes Tamayo se forman en un ambiente de austeridad, resolución y trabajo. El carácter de ambos revelará en su vida posterior las huellas de ese estricto sentido de la disciplina personal que quedara indeleble en sus conciencias.

 

Pero si la madre fue el acicate del deber, el padre lo fue del descubrimiento. En la búsqueda natural del niño por encontrar estímulos, tuvieron en ese padre afable y tierno una constante fuente de asombro y conocimiento. El padre, lleno de intereses él mismo, supo despertar en sus hijos no sólo el interés sino la pasión por el saber, la ciencia y la naturaleza. Algunas aficiones por él inculcadas perduran en los jóvenes Tamayo toda la vida. Una de ellas es la afición por la observación y medición de los desplazamientos celestes. El contemplar las estrellas se convierte para estos jóvenes en el equivalente de lo que es la televisión o la computadora para el joven de hoy. En muchos de los informes, relatos o recuentos de sus actividades profesionales posteriores hay constantemente una referencia al goce que significa en las noches -acabada la labor del día- el sacar el sextante y medir los desplazamientos y las ubicaciones estelares. Hay casi una especie de enamoramiento expresado en algunos textos posteriores de Augusto Tamayo Moller por algunas estrellas del firmamento que parecieran ser sus “favoritas”, tal como un adolescente contemporáneo puede sentir favoritismos particulares por estrellas del fútbol o del espectáculo. El padre es,  en el caso de estos jóvenes, modelo vital, ejemplo y formador impecable. En el caso de Augusto  y Manuel Tamayo Moller las razones de su vocación por la ciencia no resultan un misterio.

 

Para 1892 el rigor de la vida en las alturas y el desgaste físico que produce el trabajo en minas han venido debilitando al ingeniero Tamayo Chocano que cae enfermo de pulmonía. Siendo precaria la atención que puede recibir en el campamento, la angustiada pero determinada esposa Guillermina toma la difícil decisión de llevarlo en camilla hasta Arequipa, buscando salvarlo de una condición crítica. El viaje de cuatro días -en que la esposa a pie, acompañada de su joven hijo de 16 años y de sus cinco hermanos, traslada al marido casi agonizante en una camilla llevada por cuatro cargadores- implica atravesar las desoladas  punas y pampas de las serranías de Arequipa.  El esfuerzo es demasiado y el ingeniero Tamayo Chocano muere en el viaje a los 42 años. Allí, sobre la pampa de Sumbay, la familia vela al padre muerto y Augusto Enrique Tamayo Moller recibe el encargo implícito, a sus dieciséis años, de hacerse responsable por esa madre y esos hermanos.

 

La muerte del padre es para todo hombre momento de crisis, de quiebre y de cambio. A cualquier edad significa el enfrentamiento abrupto con el propio destino y con las propias responsabilidades. Momento crucial en que debe aceptarse dolorosamente que no habrá ya más la guía y el apoyo de esa fundamental figura protectora. Si sucede a los dieciséis años, edad de desazón en sí misma, el sentimiento de orfandad y de desconcierto es intenso y frente a él o se reacciona con firmeza o se cae en una perniciosa desorientación. 

 

Llegada a Arequipa la familia, como reacción ante la pérdida, se reagrupa y se organiza alrededor de la madre viuda. Después de solo algunas semanas en Arequipa para resolver los asuntos de la viudez, de la herencia y de las propiedades, viajan y se instalan en Lima para que el hijo hombre mayor Augusto Enrique inicie sus estudios de ingeniería en la Escuela Nacional de Ingenieros, mientras que el segundo, Manuel Oswaldo, ingrese al siguiente año a la Universidad de San Marcos a estudiar medicina.

 

La infancia se ha cerrado con una nota trágica pero se abre ahora, con el entusiasmo que brota con naturalidad en el  hombre joven, una nueva etapa.

 

Augusto Tamayo Moller ingresa en 1892 a la Escuela Nacional de Ingenieros. Alli se encuentra con profesores – en realidad muchos de ellos fundadores de la Escuela de Ingenieros- de la categoría de Francisco Alayza Paz Soldán en el curso de Topografía, Federico Villareal en el de caminos y puentes, Teodoro Elmore en Arquitectura y dibujo y José Sebastián Barranca en Metalurgia General. Con todos ellos y especialmente con el director  y creador de la Escuela Eduardo de Habich y con su hijo Edmundo de Habich, guardaría  Augusto Tamayo Moller una larga y afectuosa amistad. Así como con muchos de los alumnos y graduados de la Escuela entre los que destacan Michel Fort, Rodolfo Zavala, Antonio Graña, compañeros de estudio y después de trabajo en el Camino del Pichis.

 

El espíritu de esfuerzo y la tenacidad desplegada por los fundadores y primeros profesores en la creación e implementación de la Escuela en sus años iniciales, y que los lleva igualmente a su tenaz reconstrucción después del saqueo de la invasión chilena, se mantiene vivo durante los años finales del siglo XIX y principios del XX.  Es en ese espíritu que Tamayo Moller se forma y adquiere los conocimientos de su carrera.

 

Adulto ya, decide asumir la forma inglesa y firma su nombre Augusto E. Tamayo, que es como se le conoce públicamente desde entonces. Su título de ingeniero y agrimensor  de minas, expedido en 1897, contiene su firma y la del Director de la Escuela Eduardo de Habich.

 

El 1° de junio de 1897, a los 22 años y apenas graduado de la Escuela de Ingenieros, el ingeniero Augusto E. Tamayo es nombrado Ayudante de la Vía Central o, como también se le conoce, el “Camino del Pichis”, haciendo referencia a uno de los  ríos que domina la región central de los valles que penetran hacia la Amazonía en la zona central del Perú. En los archivos de la dirección de Fomento pueden encontrarse las resoluciones correspondientes a los trabajos de la referida Vía en los que le cabe al joven Ingeniero Tamayo participación profesional. Muy buenas habrán sido las notas de Tamayo o muy consideradas sus capacidades para obtener tan rápidamente un puesto semejante en la administración pública de la época.

 

La Vía del Pichis, fundamental obra del Gobierno del Presidente Nicolás de Piérola, proyectada desde años antes pero iniciada formalmente en 1896 y asumida por el Ministerio de Fomento de ese entonces, es uno de los ramales principales de la red de caminos con la cual el Estado Peruano espera integrar al país, permitiendo la colonización de regiones inhabitadas del Perú.

 

El trabajo en el camino del Pichis es arduo e intenso. En los informes anuales publicados por el  Ministerio de Fomento en los años 1897, 1898 y 1899 están recopiladas una enorme cantidad de comunicaciones, oficios, informes técnicos y memoriales enviados por el ingeniero Tamayo a diversas instancias y autoridades.

 

En la laboriosa tarea de construcción de ese segmento del camino entre San Carlos y San Nicolás pasa el Ingeniero Tamayo el año de 1898. Los numerosos informes que envía y que recibe, hablan de un trabajo hecho casi sin descanso en el que las labores de construcción y de supervisión de las obligaciones de los contratistas lo tienen yendo y viniendo entre los diversos campamentos del Camino. Revelan igualmente una dedicación y una entrega total al trabajo encomendado. Pero detrás de la seriedad y del rigor técnico, detrás de la determinación absoluta por un correcto cumplimiento profesional, detrás de las dificultades y vicisitudes descritas, se respira en lo escrito por él una suerte de regocijo y de placer por estar donde está y de estar haciendo lo que hace. Aun cuando pormenoriza los obstáculos que por momentos parecen insalvables, detrás de la natural preocupación que despiertan, se descubre una fruición, un deleite en estar allí y de enfrentar el reto.

 

Para 1901 Augusto E. Tamayo ya es uno de los Ingenieros en Jefe del Camino.

 

Es, sin embargo, en 1901 que el Ingeniero Tamayo sufre un terrible accidente que casi le cuesta la vida. Es marzo y los ríos sufren una de las últimas crecidas del año. Una de ellas es tan violenta que las aguas del río Paucartambo, cargadas además de troncos y maleza, comienzan a golpear contra las bases de uno de los puentes que lo cruzan, socavando sus cimientos. El río ruge bajo la incesante lluvia todo el día y toda la noche. Cunde la angustia entre los ingenieros y los operarios. El puente resiste una y otra arremetida de las aguas. A las dos o tres horas del segundo día la fuerza de la crecida hace trepidar las bases y el puente se desploma en un crujir de cables y maderas. 

 

A los dos días, en las faenas de reconstrucción de los puentes caídos, que se inicia de inmediato, al ceder el terreno saturado de agua del lado exterior de una trocha, cae el Ingeniero Tamayo en una profunda hondonada y queda inconsciente. Trasladado en camilla hasta el campamento “Tunque” se le hacen algunas limpiezas superficiales y es después trasladado en coma hasta La Merced, atravesando el bosque en camilla llevada por una pequeña procesión de operarios y lugareños. En La Merced es tratado en el Hospital de la ciudad, pero no logra salir de la inconsciencia por muchos días.  Las convulsiones empiezan a ceder muy lentamente y se espera la llegada de su hermano Manuel que ha anunciado su partida de Lima. Sin embargo a los pocos meses está ya completamente recuperado y repuesto en su cargo del camino del Pichis.

 

En 1903 recibe el encargo de realizar un estudio de las colonias de Oxapampa y del Pozuzo y las vertientes del Pichis y del Palcazu. Durante un año se interna en esas zonas, por ese entonces remotas del país y el Ministerio de Gobierno publica en 1904 el resultado completo de sus estudios con valiosa documentación de cartas geográficas y de niveles así como de informes del Ingeniero Tamayo. Es en ese texto que el ingeniero revela, además de conocimiento científico y de precisión expositiva,  un estilo literario propio y personal.

 

 

En 1907 es nombrado Jefe General de Comunicaciones al Oriente, bajo el Gobierno de José Pardo y en tal sentido recibe el encargo de supervisar  los trabajos iniciales que la empresa alemana Telefunken hace en el Ucayali para establecer la radiotelegrafía en el Perú.

 

La radiotelegrafía es en la primera década de 1900 todavía una novedad. Descubierta por Guillermo Marconi, significa un adelanto tecnológico sorprendente: la posibilidad de la comunicación a la distancia, por vía de las ondas electromagnéticas. Ya no se necesita más, a partir de ella, el tender larguísimos y muy complejos sistemas de cables para la transmisión de información telegráfica. La información circula por el éter, por la atmósfera o por el espacio vacío  solo por un impulso electromagnético que es captado a muchísima distancia

 

La radiotelegrafía se ha ido instalando en muchos lugares del mundo pero en América Latina su desarrollo es incipiente. El gobierno peruano se empeña en su implantación como factor determinante del desarrollo de la Nación

 

Convocado para dicha obra el Ingeniero Tamayo realiza una extraordinaria tarea de transporte y equipamiento a la vez que estudia al lado de los ingenieros alemanes los nuevos sistemas de la llamada telegrafía sin hilos. Simultáneamente y como Ingeniero en Jefe de las comunicaciones al Oriente construye el puente de Acero de Utcuyacu y los nuevos puentes colgantes de Capelo y San Carlos en La Merced, a más de importantes modificaciones en la Vía del Pichis y de realizar estudios diversos para nuevos accesos a la Selva, especialmente por la Cadena de San Martín.

 

Pero desde  1910 se dedica con absoluto ahínco y determinación a establecer la comunicación radiotelegráfica directa entre Lima e Iquitos. Dicho objetivo había sido cuestionado por los técnicos alemanes que consideraban inviable dicha comunicación ya que la masa de los Andes funcionaria –según ellos- como una gigantesca pared que detendría las traslación de las ondas. El mismísimo Marconi había fracasado en una operación similar en el norte del Africa. Debido a ello la empresa contratista la Telefunken de Alemania se negaba a asumir responsabilidad por el resultado.

 

El ingeniero Tamayo, que llevaba ya varios años especializándose en el tema y habiendo realizado estudios en la propia selva y en los barcos alemanes "Heluan" y "Holger" que traían nuevos sistemas de  comunicación radiotelegráfica, en los cuales al afinar la longitud de onda se alcanzaba a trasmitirse la señal más lejos y superando obstáculos antes considerados imposibles, le llevan a proponer al Gobierno y bajo su responsabilidad la la comunicación entre Lima e Iquitos con solo dos torres de transmisión y recepción, en ambas ciudades. Dicha comunicación  resultaba entonces vital para la vinculación e integración geopolítica del Estado Peruano y la hoya amazónica.

 

Aceptada su propuesta -contra el parecer de los técnicos alemanes, el ingeniero Tamayo se dedicó durante el año de 1911 a crear los sistemas, desarrollar la tecnológica y organizar la logística que permitiera la construcción de ambas torres de transmisión. El lugar elegido para la antena de Lima fue el cerro San Cristóbal, el punto más alto de la ciudad. Allí se construyó la caseta de transmisión y se instalaron los equipos radiotelegráficos  

 

El 16 de junio de 1912 subió lentamente a caballo el cerro San Cristóbal la comitiva presidencial con Augusto B Leguía a la cabeza. El acto inaugural de la comunicación con el oriente había despertado enorme expectativa y había publico aglomerado desde las faldas del cerro hasta la cima, donde se alzaba la torre de transmisión. A las cuatro de la tarde el Presidente de la República, con la aprehensión del posible fracaso en ciernes, mandó un mensaje al Prefecto de  Iquitos y el Alcalde de Lima le envió otro al Burgomaestre de Iquitos. Tras algunos minutos de silencio y suspenso fueron recibidos los respectivos mensajes de respuesta. La comunicación entre Lima e Iquitos se había alcanzado, la señal había logrado superar las vastas extensiones de la selva amazónica y los altos contrafuertes de los Andes peruanos.  La multitud estallo en aplausos. Tras comunicarse con Iquitos la Estación de San Cristóbal se comunicó con Buenos Aires, Manaos y Belén de Para en el Brasil. Los días siguientes Lima estaba conectada, por la radiotelegrafía, la telegrafía sin hilos como se la llamaba, con el mundo entero. La señal electromagnética de comunicación, la que después serviría para la transmisión de la radio y la televisión había sido instalada y funcionaba perfectamente en el Perú.

 

Al día siguiente de la inauguración del servicio, los diarios limeños sin excepción dedicaron páginas enteras a destacar el acontecimiento. La Municipalidad de Lima otorgó una medalla de oro al ingeniero Tamayo y sus colegas le ofrecieron un suntuoso banquete. Las felicitaciones llegaron de todas partes del mundo. El hecho fue comentado por la prensa mundial. Pueden revisarse aun los diversos periódicos americanos y alemanes que comentaron el acontecimiento. La empresa Telefunken resaltó en un folleto la obra de Tamayo como uno de los mayores acontecimientos mundiales en las comunicaciones de la época y le ofreció un alto cargo en su Central de Alemania que Tamayo rehusó aceptar.

   

Se trata efectivamente de una fecha histórica en el Perú: la inauguración de las telecomunicaciones en el país.

 

Después del éxito de 1912 con las instalaciones de San Cristóbal en Lima e Itaya en Iquitos, el Ing. Tamayo construyó las Estaciones Inalámbricas de Ilo en Moquegua, Cachendo en Arequipa, Buenos Aires en La Libertad y Villa de Eten en Lambayeque.

 

Después, ya en el gobierno de Guillermo Billinguhrst, el Ingeniero Augusto Tamayo Moller es nombrado director General de Correos y Telégrafos

 

Sin embargo, en 1919,  al acceder un nuevo gobierno que devendría en dicatorial, defendió al personal especializado que había trabajado a sus órdenes y como no fue satisfecho en sus demandas renunció al cargo de Jefe General del Servicio Radiotelegráfico.  Con decepción seguramente, abandona el ámbito de trabajo al que había dedicado su mejor esfuerzo.

 

Se abocó entonces a actividades particulares como el estudio para la implantación de una fábrica de cemento en Sumbay en Arequipa, en la misma pampa en donde muriera su padre y fue llamado a la Administración del Estanco del Alcohol, donde formó un personal técnico y una legislación tributaria apropiada. Como experto en esta rama, a la que dedicó entonces sus valiosos servicios, ocupó el cargo de Sub-Gerente de la Caja de Depósitos y Consignaciones de la que dependía aquella por esa época. Ya retirado, se dedica a la composición musical y los cálculos y observaciones astronómicas. Con su esposa Berta Vargas Moller a su lado, así como sus tres hijos, fallece el 1 de febrero de 1936.

 

Desde entonces numerosos homenajes se le han rendido a Augusto Tamayo Moller en la palabra autorizada de escritores e historiadores como Francisco Alayza Paz Soldán, José Balta, Jorge Vargas Escalante, Santos Hinostroza, César Miró, Alberto Tauro  y otros. Jorge Vargas Escalante propuso crear un Premio de Fomento de la Cultura a la mejor obra anual sobre estudios electrónicos con el nombre de Augusto E. Tamayo. En 1968 se dio el nombre de Augusto E. Tamayo a un puente sobre el río Colorado, en la selva central, como un recuerdo a su tarea de pionero de las comunicaciones en el Perú. En las diversas historias de la radio y la televisión, como la de Víctor Vargas Escalante, Alonso Alegría, Fernando Vivas y Emilio Bustamante  se consigna el carácter pionero y fundador que tuvo el trabajo de Augusto Tamayo Moller en el campo de las telecomunicaciones y de la electrónica aplicada peruanas.

 

El diseño y ejecución del sistema radiotelegráfico que permitió la telecomunicación entre Lima e Iquitos es el gran logro de Augusto Tamayo Moller.

 

Como dijera premonitoriamente Augusto Tamayo Vargas, su hijo, hace cincuenta años ante esta misma placa.

 

“Rodearan su recuerdo mucho niños que él no conoció y habrá en todos ellos, junto con el respeto que inspiraba su grave mirada escrutadora, una orgullosa admiración de nietos.” 

 

Hoy gracias a la Municipalidad de San Isidro y al esfuerzo organizativo de uno de esos nietos, Manuel Tamayo Pinto Basurco, hemos podido sus descendientes  revivir y honrar ese recuerdo y ese persistente orgullo en este hermoso rincón del distrito.

 

 

 

 

 

 

 

 

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